Puerperio y Tabúes Alimentarios

Con la  colonización española se abandonó totalmente el cultivo de alimentos muy esenciales de la cultura  indígena, como el amaranto, y se redujeron a su mínima expresión otros como la chía, el pejibaye, el ojoche. Exceptuando Nicaragua, en la región mesoamericana aún se conserva el hábito de comer hojas verdes, algunas flores y raíces. En relación con la diversidad de vegetales, posiblemente la alimentación del nicaragüense es la más empobrecida y monótona de Mesoamérica. Esto se agrava cuando los grupos biológicamente más vulnerables son sometidos a dietas por efecto de tabúes, como sucede con la mujer durante el puerperio.

Sahumerios, masajes, baños de hierbas, infusiones, tacos de algodón en los oídos, cabezas envueltas, todos los rituales inocuos aplicados después del parto, han ido desapareciendo de las comunidades urbanas, y continúan en las rurales. Simbolizan cuido y protección de la mujer que arribó a la maternidad. Un estado físico, emocional y social nuevo, diferenciado, muy apreciado y protegido.

En cambio, la “dieta alimentaria” de influencia española es un lastre y pervive tanto entre mujeres rurales como urbanas. Es una alimentación basada expresamente en tabúes. Los alimentos más nutritivos y disponibles localmente han sido satanizados. Todos ellos se consideran causantes de trastornos en la madre como dolor de vientre, mal olor de la sangre, “flor blanca” y enfermedades a la cría amamantada, como “trancazón” de nariz, diarrea, “pujo”, “gusanillo”, gases. Es así que son eliminados de la alimentación materna durante cuarenta días los frijoles, el huevo, leche, cuajada, carnes de cerdo, pescado y otras carnes.

Se eliminan todas las frutas crudas: cítricos, mango, piña, papaya, aguacate y todas las de temporada y accesibles como el tamarindo y la guayaba. También están prohibidos algunos tubérculos como la yuca, hortalizas como el repollo, alimentos fritos como el maduro y hasta el pinolillo. No necesitan ser prohibidos los vegetales verdes y amarillos porque no se consumen rutinariamente.

En este período de alta vulnerabilidad nutricional, los escasos alimentos son suprimidos y la madre lactante es sometida a una dieta de tortilla con queso –o sal,  en su defecto- y “tibio” –pinol blanco hervido y caliente-. Los efectos de esta alimentación restrictiva son  riesgosos ya que la matriz necesita restaurar toda su cobertura interior produciendo tejidos nuevos y en caso de cesárea, también restaurar las células musculares del abdomen y matriz; de la piel, vasos y otros tejidos que necesitan su reposición con células nuevas.

Estos tejidos se renuevan ingiriendo suficiente energía alimentaria y rica en proteínas como los frijoles, el huevo, leche, cuajada y las carnes. Las necesidades de vitamina C están aumentadas, se llenan con una ingesta diaria y abundante de frutas crudas que contienen vitamina C, formadora del colágeno, cemento que une a las células. Se mantienen tejidos saludables con los vegetales amarillos y hojas verdes, ricas en carotenos cuya función es la conservación de los epitelios y de las membranas celulares.

Entonces, la madre puérpera y lactante es sometida a una situación de estrés alimentario, además del estrés inherente por alimentar, cuidar y proteger a un nuevo ser.  Los resultados no son favorables para su organismo. Esta alimentación limita su energía, la fortaleza que necesita para cuidar de ella misma y de su hijo. La torna susceptible a complicarse y agravarse con la mínima infección por disminución de sus defensas. Aunque la calidad de su leche es buena, el estrés puede afectar el volumen de la producción láctea.

Esto obstaculiza el éxito de una lactancia exclusiva recomendada durante los primeros seis meses y es un factor más sumado a la cultura del biberón practicada en nuestros hogares, que propicia la desnutrición crónica infantil.
Nicaragua ya dispone de una Política de Seguridad y Soberanía Alimentaria y Nutricional desde el Sector Público. Está pendiente empezar a ejecutar, entre las Acciones Prioritarias, “programas y proyectos educativos orientados a mejorar las prácticas y patrones de alimentación, nutrición… y a promover hábitos saludables y revalorar el consumo de alimentos locales/nacionales con alto valor nutricional (2009)”.

Es  imperativo y urgente desarrollar una estrategia nacional para incidir en un cambio de comportamiento de patrones alimentarios considerando los mitos y tabúes nocivos en la alimentación de la niñez en su primera infancia y de la madre lactante. Cualquier plan de acción para reducir la desnutrición crónica infantil debe considerar la educación nutricional pertinente, masiva y específica de las familias durante el puerperio. Es dramático e injusto que se continúe ignorando que la madre lactante es la peor alimentada en la familia durante los primeros cuarenta días después del parto.

* La autora es Master en Nutrición y Seguridad Alimentaria

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